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24 diciembre, 2009

Navidad tan Noche

Poeta Flora Alejandra Pizarnik haciendo Origami



Hubo alguna vez, en algún lugar, un codo que deseaba viajar a la Antártida. Codito pasaba el verano ejercitándose en muchas actividades como el doblaje y la tensión. Después de mucho tiempo decidió probar algo nuevo, como escindirse. Sintió que su casa se derrumbaba; su dueña yacía lánguida por los rincones de su cama y apenas veía los rayos del Sol. En fin, llovía agonía y respirábase pena.

Poco después su dueña también pensó que escindirlo sería buena idea. Cogió una navajita plateada y se escondió en la bañera. No había nadie en casa, así que de todos modos no la molestarían. Codito no sospechaba que escindirse significaba la extinción, por ende jamás podría viajar a la Antártida.

Fue entonces cuando Corazoncita habló.

-No lo hagas Marina, Codito no tiene la culpa de tu tristeza, además, si seguimos adelante, podremos pasar Navidad en la nieve.

Codito cayó en tremendo susto, e instantáneamente se recuperó pues Marina desistió de su impulso.

Pasaron horas de horas sin que Codito pudiera saber a dónde iba Marina. Encima estaba todo marcado con el peso de una cuerda que insistía en presionarlo. Miraba de reojo a su dueña para descifrar la expresión de su rostro pálido. En tanto luchaba por escudriñar la situación terminó por quedarse dormido.

Al día siguiente lo despertaron cánticos de albatros enormes. Observó alrededor y todo era blanco. Intentó proferir preguntas a Marina, arguyó que pronto el niño Jesús nacería, María debe estar con los dolores, pensó Codito. Gritaba fuerte pero nadie lo escuchaba. De pronto sintió que su dueña se zarandeaba como una aguja colgada de las sienes de un árbol. Codito se empapó de nieve fresca y limpia. Estuvo hundido bajo esa capa espesa pocos minutos, luego se alzó por los aires y vislumbró un cartel marrón adornado con luces multicolores. Quiso saltar de alegría, miró a Marina, ella reía y cogíase las manitas de puro contenta. Poco después se acercó un señor gigante que la tomó del hombro y le susurró, en tono afectuoso, La Navidad es blanca, como la noche. 

© Karina Luz, 2009

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