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26 diciembre, 2010

SANTA CLAUS Y EL NÓBEL DE LITERATURA

Artículo publicado en el suplemento dominical del Diario La Industria (2010).

planetadelfico@gmail.com



Mario sonrió para la cámara. Ya se había sentado frente a la mesita sobre la que descansaban libros y lapiceros.

–Es un placer conocerlo.
–(Sonrisa forzada).
–¿Le puedo hacer una pregunta?
–Sí.
–¿Usted escribe para ganar premios?
–No, escribo porque la Literatura es mi oficio.
–¿Pero le encantaría recibir el Nóbel no es así?
–No, y no creo que me lo den.

Caminé con mi libro original (el tercero en toda mi vida) ante la mirada exasperada de los periodistas. Una sonrisa sardónica se asomó por la ventana de mi rostro sin broncear en pleno verano; sin embargo había hecho el ridículo. Pero no me enteraría del papelón hasta dos años después de haber publicado en mi blog una crónica donde me burlaba del escritor, ahora una leyenda de las Letras Peruanas.

¿Por qué despotriqué contra él? La razón es muy sencilla: no tuvo las ganas de tratarme bien, a mí, anónima parlante, cuando formé una cola de dos horas para que Mario garabateara sus iniciales en mis Ojos Bonitos, cuadros feos, e Historia de Mayta. Resentida por tal indecoroso comportamiento de Varguitas, me burlé de su nombre e imagen al satirizar el diálogo líneas arriba en una entrada de blog que muchos aplaudieron y otros condenaron, y lo hice como si hubiera logrado alcanzar una hazaña particularmente ejemplar. Cuando el autor de ‘Los Jefes’ fue anunciado ganador del Premio Nóbel de Literatura 2010, quedé pulverizada y complacida. Sí, complacida; porque es peruano, porque este premio; por más que sea una pieza mayor del engranaje que nos somete, pero pieza al fin y al cabo, es el máximo anhelo de quienes deciden embarcarse en la pesadilla de querer ser escritores. Él lo logro antes de morir, y en este país nadie más merece una distinción así por lo menos en veinte años. Me tiene sin cuidado ganar premios, los que más de una vez hemos recibido tan honorables distinciones sabemos que los premios sirven para una sola cosa –que no tiene nada que ver con ser un buen escritor o poeta. No voy a postrarme ante MVLL y pedirle perdón (ni falta que le hiciera), o retractarme de mis ínfulas de chica superpoderosa y sagaz; pero sí dejo constancia de que a veces el tiempo se encarga de dejarnos bien en claro lo equivocados que estuvimos, y de la manera más contundente. Lo escrito aquí no trata de MVLL y el Nóbel (tanto se ha escrito sobre el tema que ya no queda nada más que decir), sino que se pretende advertir a los que –como yo hace un tiempo– creen poseer la piedra de la sabiduría omnipotente.

Hace buen tiempo que no leo a MVLL, prefiero a los filósofos alemanes de la decadencia como Kant, a las poetas suicidas como Pizarnik, a los genios locos como Rimbaud, o a ingleses sin destino ni origen. De algún modo recuerdo mi infancia, cuando añoraba alcanzar la misma fama y gloria que él, escribir como él, hablar como él. MVLL se había convertido en un Santa Claus de la novela en mi vida, y creo que si lo supiera algún día y recordara esa anécdota de entre miles de anécdotas, alinearía una media sonrisa. Ahora es cuando tiene mi respeto y no al contrario; esa Prosternación que escribí a los diecinueve años y acabo de publicar porque me dio la gana, en cierto modo explica lo que MVLL está viviendo, un universo prosternado ante su reconocimiento.

Lo cierto es que si me lo volvería a encontrar –no necesariamente en una Feria de Libro–, no me acercaría a saludarlo ni le pediría su autógrafo (con los que tengo ya es suficiente para asegurar mi jubilación). Probablemente me limitaría a observar las caras de ansiedad y admiración de los grupies tontos, de los amigos interesados, de todo ese alienado círculo que lo rodea, y me preguntaría si aquel alboroto le complace, o divierte, o fastidia.

De cualquier manera, esta fecha navideña quedará perennizada en mis recuerdos, ya nunca habré esperado a Santa Claus sentada bajo el árbol adornado con mil luces disonantes, y habré aceptado que Mario Vargas Llosa sí ganó el Nóbel.



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