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11 septiembre, 2011

La muchacha del millón de dólares

"Creció con una sola idea clara: ella era basura"



Si hay algo mágico acerca del boxeo, es la capacidad para resistir más allá de una nariz rota o un músculo desgarrado, sobrepasar los límites del agotamiento y las fuerzas últimas, porque no habrá otra pelea ni otra habitación bajo el amanecer, no habrá entrenadores sentados a la luz del alba leyendo palabras en un idioma desconocido y eterno, mientras, extrañamente, la muchacha del millón de dólares yace realizada en la cama contigua, arrojada de su pierna izquierda y de sus sueños. Todo en el boxeo es al revés, no hay nada más antinatural que hacerle frente a la vida con treinta y tres años a cuestas y nada que perder excepto el sueño mismo de subirse al ring para ganar de una vez por todas y para siempre. Algunas heridas llegan demasiado cerca del hueso, tardan en sanar o simplemente se quedan allí para realizar sus propios sueños. Cuando pienso en ello sólo se me ocurre estirar los brazos, ciertamente confiar en su capacidad aerodinámica, tomar un solo impulso –el más destripado– y empañar la frente con los latigazos del viento mientras me deslizo sobre la ciudad para encontrar mi libertad y encarcelarla en mi espalda. Curiosamente no pensaría en regresar jamás, aunque basta con evocar ese pedazo de anhelo para recodarme que aún me hace falta probar de modo irrefutable la aerodinamicidad de mis brazos, los mismos que solían hundirse en el viento en cada intento de vuelo.
Si hay algo mágico acerca del boxeo, es que tiene el poder de hacer realidad los deseos, incluso el de morir, porque no habrá corazón más grande que aquel que se inmola para ayudarnos a dejar de respirar, si acaso ésa fuera nuestra petición; pronto el cielo se haría carne, las alas alzarían vuelo, como tantas veces aulló.
Morir es un arte menos como la geometría, nadie sabe hacerlo. Solamente los entrenadores con el corazón manchado de bondad, cuyos escrúpulos sobrepasan los límites de la razón o el agotamiento, saben desconectar el aparato que proporciona oxígeno a una gaviota con el genuino cuello de acero, roto, para recogerse en sus lágrimas breves, y lanzarse al asfalto con un solo propósito: olvidar.
Ma Coushla, la llamarán en coros. Mi querida, mi sangre. Todo en el boxeo es al revés, no hay nada más antinatural que estar alerta frente a un golpe que no existe, virar el cuerpo que cae pesado sobre la luna ingrávida, sujetar el aire con los ojos mientras el ruido del quiebre del banquillo cae sobre nuestros hombros para negarnos un final. La espina dorsal de la fragilidad cuidadosamente entrenada para ganar se romperá. Algunas palabras en gaélico. Y luego, el amanecer.








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