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01 julio, 2012

ESPÍRITU SALVAJE*

Hubo una vez un muchacho que decidió cumplir sus sueños. Aquí su historia.



 Huye del veneno de la civilización y camina solo a través del monte para perderse en una tierra salvaje. 

-Alex Supertramp



 



“Después de todo, es probable que las personas con talento creativo estén investidas de rasgos patológicos extremos de los que resulten intuiciones geniales, pero que al mismo tiempo les impidan llevar un estilo de vida estable en el caso de que no puedan transformar sus alteraciones psíquicas en una producción artística o filosófica significativa” (Roszak: In search of the Miraculous).

 Chris McCandless fue un muchacho de veintitrés años que decidió, un día de 1990, abandonar su vida mundana para lanzarse a la carretera en una travesía hacia rutas salvajes. Paradero último: Alaska. Con destacada trayectoria académica, Chris acababa de graduarse de la Universidad de Emory en Atlanta; “Pienso que las carreras son un invento del siglo XX y yo no quiero una”, habría señalado poco después en respuesta al sermón de un anciano que luego se convertiría en su amigo. Una vez terminada la ceremonia de graduación, y luego de haber rechazado el ofrecimiento de su padre de obsequiarle un nuevo auto, Chris pisó su apartamento por última vez. Destruyó todos los símbolos que lo ataban a la sociedad parametrada, cortó a la mitad su documento de identificación, su carnet universitario, tarjeta de crédito; donó 24 mil dólares de su cuenta de ahorros a OXAM, una organización humanitaria; acompañó una nota que decía, “Alimenten a alguien con esto”. Condujo su Datsun amarillo y enrumbó hacia el norte. Cuando el viejo auto se descompuso continuó su ruta a pie, no sin antes hacer el ritual de rigor: incineró los últimos dólares que le quedaban en el bolsillo, el fuego consumió los billetes verdes que tanto despreciaba y encendió la llama de su sueño último, un acto que Thoreau y Tolstoi habrían celebrado.

Jon Krakauer, en su libro “Hacia Rutas Salvajes”, narra la travesía de este joven visionario que se atrevió a perseguir un sueño: la libertad última.

“Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad. Un extremista. Un viajero esteta cuyo hogar es la carretera. Escapó de Atlanta. Jamás regresará. La causa: No hay nada como el oeste. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual (…)”

ALEXANDER SUPERTRAMP
MAYO DE 1992


McCandless, o Supertramp, que es el seudónimo que usaría en adelante, rechazó toda posibilidad de convertirse en una herramienta societal, se reveló contra el designio que convierte a los humanos en una máquina prescindible. Afectó su propia revolución individual, probó su espíritu y la fortaleza de su voluntad. En su travesía hacia el norte conoció a personas que nunca lo olvidarían, su capacidad para hacer amigos era tan misteriosa como el motor que movía su espíritu singular. Uno de ellos, Ron Franz, anciano de poco más de ochenta años, se encariñó tanto con el muchacho que le ofreció adoptarlo. Alex sabía que cualquier atadura emocional significaría un factor limitante en su gran aventura. Debía seguir solo.

 En abril de 1992 arribó a Alaska. Se internó en los bosques de Fairbanks, y para su sorpresa, halló un autobús abandonado que adoptó como guarida. Lo llamó “el autobús mágico”. Aprendió a cazar, se alimentó de puercoespines, alces, plantas exóticas que recolectaba guiándose de un manual que cargaba consigo a todos lados. Después de alcanzar su objetivo, pereció a causa de envenenamiento de semillas de papa. Pesaba alrededor de treinta kilos. 

«HE TENIDO UNA VIDA FELIZ Y DOY GRACIAS AL SEÑOR. ADIÓS Y QUE DIOS OS BENDIGA.», escribió por última vez.

 A pesar de las muchas teorías que se tejieron entorno a la muerte de Alex Supertramp, hay indicios de que tenía intención de regresar a la civilización. Una de ellas es un párrafo perteneciente a su diario “Hermosos arándanos”.


“He pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto qué se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo; luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo… En esto consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizá, tener hijos… ¿Qué más puede desear el corazón de un hombre?”

Muchos no podrán comprender el significado de la muerte de Chris McCandless, o la historia de su travesía, o las motivaciones que lo impulsaban. Sin embargo, como dijo alguna vez el erudito Pascal, muy débil es la razón si no entiende que hay cosas que la sobrepasan.

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*Versión sin editar. Publicado en el suplemento dominical "Enfoque" del diario La Industria de Trujillo. 01/07/2012

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